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Posted By amelia010
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Su mano en su pecho
La habitación era silenciosa, con la luz del atardecer filtrándose a través de las estrechas rendijas de las persianas. Un sofá de piel gastada ocupaba el centro, y en la pared, sobre él, colgaba un cuadro de marinas con el marco ligeramente torcido. Una botella de vidrio verde descansaba sobre el cojín del sofá, a medio usar.
Ella estaba sentada en el sofá, con la falda de cuadros formando pequeños pliegues sobre sus muslos. Sus medias llegaban justo por debajo de las rodillas. La otra mujer se encontraba de pie frente a ella, muy cerca, con sus lentes reposando sobre el puente de su nariz. Ambas llevaban la misma blusa blanca, abotonada hasta el cuello.
La mujer de pie inclinó el torso hacia adelante. Su larga melena oscura, con un flequillo recto que le cubría la frente, se balanceó hacia un lado. Movió la mano derecha con una lentitud deliberada. No hubo prisa.
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Su palma se posó primero sobre la tela blanca de la blusa, en el centro del pecho de la mujer sentada. Los dedos se cerraron entonces con suavidad, ahuecando la tela y la forma que había debajo. La mujer sentada no se movió. Permaneció con la espalda recta, mirando hacia adelante, hacia el cuerpo de la otra. Su propia mano seguía apoyada en su regazo.
La mano de la mujer de pie se mantuvo allí, quieta, durante un largo momento. No apretó, no acarició. Solo sostuvo. El único movimiento era el tenue subir y bajar del pecho de la mujer sentada al respirar.
Luego, los dedos se ajustaron levemente, buscando un mejor acomodo, un contacto más preciso a través de la fina tela. La presión aumentó apenas, un grado casi imperceptible. La mujer sentada inspiró entonces, un poco más hondo, y su pecho se elevó contra la palma que lo sostenía.
Con el mismo movimiento pausado, la mano que estaba sobre el pecho inició un recorrido lateral, desplazándose unos centímetros hacia el costado hasta encontrar el primer botón de la blusa. Los dedos se detuvieron allí, y el pulgar se deslizó por debajo del óvalo de nácar. Con una presión minúscula, la mano empujó el botón hasta liberarlo de su ojal. La tela blanca se separó ligeramente, revelando un triángulo de piel en la base de su garganta.
Sin pausa, la mano descendió hasta el segundo botón y repitió la acción. Luego el tercero. Con cada botón que cedía, la abertura de la blusa se ensanchaba, mostrando más el torso y la textura de la tela interior. La mujer sentada permitió que sus brazos se relajaran a los lados, facilitando el trabajo de los dedos que desabrochaban. Cuando la última presilla se liberó, la blusa quedó abierta.
Sin las blusas
Sus manos se movieron a los botones de la blusa de la otra. Los dedos trabajaron con una precisión silenciosa, deslizándose por la tela blanca. Cada botón cedió bajo su tacto hasta que la prenda se abrió.
Ella retiró la blusa de los hombros de su amiga, dejándola caer a un lado sobre el sofá. Repitió el gesto con la suya propia, despojándose de la tela con el mismo movimiento fluido. Las dos blusas yacían ahora juntas, abandonadas en el pliegue del cojín.
Un nuevo silencio
Se quedaron sentadas, rectas, hombro con hombro. La piel de sus espaldas desnudas rozaba levemente la tapicería del sofá. La luz que filtraban las persianas horizontales dibujaba líneas tenues sobre sus torsos.
La respiración de ambas era el único sonido, un ritmo casi coincidente. No se miraron. Sus miradas se perdían al frente, hacia la pared donde colgaba un cuadro abstracto, aunque quizá no lo veían.
El siguiente movimiento
Fue entonces cuando sus manos, que descansaban sobre sus propios muslos, se alzaron. No hubo vacilación. Se posaron sobre el regazo de la otra, palmas abiertas, quietas.
Permanecieron así un largo momento. El aire en la habitación parecía haberse espesado. Todo lo que vino después nació de aquella quietud compartida.
Lo que hicieron sin decir una palabra:
- Ella desabrochó los botones de la blusa de la otra.
- Ella retiró la blusa de los hombros de su amiga.
- Ella se quitó su propia blusa.
- Ambas dejaron las prendas caer sobre el sofá.
- Se sentaron erguidas, con la espalda desnuda.
- Ella colocó sus manos sobre el regazo de la otra.
El siguiente gesto rompería la quietud.
Sin la falda
Ella se levantó del sofá. La falda a cuadros quedó en un pliegue oscuro sobre el cojín.
Se quedó de pie junto al mueble. Sus medias llegaban justo por encima de las rodillas. La luz de la ventana con persianas le daba de lleno en la espalda, alargando su sombra sobre la mujer que aún permanecía sentada.
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Durante un momento, ninguna de las dos se movió.
| Qué hacía la primera | Qué hacía la segunda |
|---|---|
| Permaneció sentada | Observó |
| Mantuvo las manos en su regazo | No alteró su postura |
| Siguió la figura de la otra con la mirada | Permaneció a la espera |
| Inclinó ligeramente la cabeza | Contuvo el aliento |
La botella sobre el sofá reflejaba un destello de luz, inmóvil. El cuadro en la pared colgaba perfectamente recto. Luego, la mujer de pie giró sobre sus talones. El movimiento fue lento, casi deliberado. Avanzó un paso. Luego otro. El recorrido fue corto, de vuelta hacia el sofá, hacia la otra mujer.
Se detuvo a su lado. La blusa blanca de ambas era idéntica.
Su mejilla en su hombro
Se sentó junto a la mujer de gafas en el sofá. El vinilo crujió bajo su peso. Se inclinó hacia ella, lenta, hasta que su frente casi tocó el hombro de la otra.
Su mejilla descansó entonces sobre la tela blanca de la blusa. Permaneció así, quieta, con los ojos cerrados. Su pelo oscuro ocultaba parte de su rostro.
La otra no se movió. La botella yacía entre ellas, olvidada.
Así se quedaron. Las persianas seguían cerradas. El cuadro colgaba inmóvil en la pared.
Nada más.
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